Y también de la Pulgar...
Si hay un deporte que une, por excelencia, es el fútbol. Pero no se apresuren, sé que onomatopéyicamente deben estar exclamando un ¡guau, qué descubrimiento! Mas, lógicamente, aquella es una sentencia más bien corroborante de la idea que tenemos del fútbol varias multitudes de este abalonado planeta.
Y lo corroboré cuando el martes 27 de febrero se vivió un nuevo clásico del cobre entre Cobresal- mi anaranjada pasión- y Cobreloa; un duelo de oncenas que se jugó en el Estadio el Cobre de El Salvador, ciudad de la Corporación del Cobre- y vamos cobrizando todo mier…-. El asunto es que, aquel día, lo recordé todo. Sí, porque en el recinto del fuchibol me encontré a cuanta y tanta persona: abrazos iban y venían y de pronto se armó una barra improvisada que, cual hincha fanático, entonaba un “¡Vamos Cobresal que se puede!”- o claro, también unos cuantos “¡puta negro malo, achúntale al arco huevón!” (el colombiano delantero de Cobresal servía para puro correr)-.
Ahora, resulta que a toda esa gente que me encontré, es la misma que veía cuando desde pequeña junto a mi familia, “¡todos los domingos, todos los domingo!”, íbamos al estadio. Si bien es cierto Cobresal, en realidad, nunca fue de las grandes liguas, siempre estaba ahí luchando y sobre todo jugando bien en casa-claro, quizás fue una subvaloración, pues en este altiplánico y desértico rincón ir al estadio era el único panorama del domingo o más bien del fin de semana-.
Pero nos gustaba ir y ahí nació mi pasión por el fútbol: viendo a un equipo más esforzado que talentoso-aunque cabe recordar que de ahí salió un Iván Zamorano o un Rubén Martínez (las casas donde vivieron son casi un atractivo turístico en la ciudad)-.
Pulgar Delantera y su lado Masculino
En el Estadio el Cobre – único en el mundo que tiene más capacidad que la cantidad de gente que existe en la ciudad (porque no se llenaba ni cuando venía Colo-Colo, ah y cuando venía la garra blanca o los chunchos, en la radio emitían comunicados para que guardáramos nuestras cosas debajo de la cama y aseguráramos bien las casas)- se gestó mi técnica y garra fuchibolera.
Aunque también mucho mérito lo tiene mi padre, ya que como dice la canción: “yo sé que a todos los hombres, les debe pasar lo mismo, que cuando van a ser padres quisieran tener un niño”, pues bien, mi padre- llamado José Mario y queriendo legar su nombre en su niño hombre- me tuvo a mi, que pude cumplir un poco sus expectativas al llevar su nombre pero al revés y en femenino: María José. El asunto es que no resignado, me enseñó a patear el balón, transformándose las tardes del sábado en el día en que él al arco (en la reja del auto más bien) recibía mis potentes disparos que se perfeccionaban domingo a domingo viendo jugar a los cobresalinos jugadores( ¡Sí oh!).
Así creció mi pasión, llegando a tanto, que ya más grande y siendo una as femenina del balompié y jugando con las demás chicas ahombradas de mi calle, me quebré el pie derecho. Sí, porque perdimos y yo nada de picada, descargué mi ira pegándole una patada a la vereda: el resultado fue estar un mes con yeso y dando el discurso de que en realidad le fui a pegar a la pelota y esta se había corrido.
Pero la lesión no me alejó de las canchas. Es que en la básica, se jugaron varios campeonatos femeninos y con las chicas de mi curso nos hicimos partícipes. Al principio portábamos el original nombre de 5to D, luego fuimos “Las Escorpiones Rojos”, para finalizar, ya en octavo, siendo “Las Choripanes” (feo pero original). En esos años mozos, fui la número nueve y goleadora de la escuela: éramos invencibles, es que mi padre incluso nos entrenaba los sábados en una cancha de tierra cuando se acercaba algún campeonato. Llegó a tanto la pasión que con varios compañeros y compañeras de curso, en las tardes íbamos a mi casa a ver la famosa serie “Los Supercampeones”- nosotras estábamos enamorados de Oliver-. Aunque claro, eso nos produjo que nuestro profesor jefe retara a nuestros padres, porque en ves de entrenar tenis de mesa, nos arrancábamos a ver esa serie.
Sí, me gustaba el fútbol y mi ídolo fue Daniel Morón. Claro que no soñaba con ser cuando grande futbolista, pero sí cuando me preguntaban “¿Qué le gustaría ser cuando grande?”, yo respondía: Esposa de futbolista (¡jaja! mentira, siempre quise ser periodista egresa de la PUCV).
Y no se engañen, no sólo era una pasión compartida con mi padre. Al contrario, mi madre era colocolina de corazón y ambas veíamos los partidos del albo. Tanto así, que cuando levantamos la Copa Libertadores, nos compramos un cuadro – de cobre- donde aparecían las estrellas ganadas de Colo-Colo. Incluso, no recuerdo que final fue, pero los albos perdieron por goleada y ambas con mi madre, además de llorar, nos fuimos muy temprano a acostar.
Luego crecí. Llegué a la media y aunque me seguía gustando mucho el fútbol, cambiaron mis intereses. Ya ustedes saben, la adolescencia, los primeros amores y ¡bla bla bla!...Hoy día, no me pierdo encuentro de la Selección en cada una de sus categorías, sigo siendo socia de Cobresal y cuando puedo los voy a ver jugar, una que otra vez cuando llega una pelota a mis pies hago unas cucharitas -¡oh!- y, lo más importante, soy hincha acérrima de Garrafa Fútbol Club.
Y lo corroboré cuando el martes 27 de febrero se vivió un nuevo clásico del cobre entre Cobresal- mi anaranjada pasión- y Cobreloa; un duelo de oncenas que se jugó en el Estadio el Cobre de El Salvador, ciudad de la Corporación del Cobre- y vamos cobrizando todo mier…-. El asunto es que, aquel día, lo recordé todo. Sí, porque en el recinto del fuchibol me encontré a cuanta y tanta persona: abrazos iban y venían y de pronto se armó una barra improvisada que, cual hincha fanático, entonaba un “¡Vamos Cobresal que se puede!”- o claro, también unos cuantos “¡puta negro malo, achúntale al arco huevón!” (el colombiano delantero de Cobresal servía para puro correr)-.
Ahora, resulta que a toda esa gente que me encontré, es la misma que veía cuando desde pequeña junto a mi familia, “¡todos los domingos, todos los domingo!”, íbamos al estadio. Si bien es cierto Cobresal, en realidad, nunca fue de las grandes liguas, siempre estaba ahí luchando y sobre todo jugando bien en casa-claro, quizás fue una subvaloración, pues en este altiplánico y desértico rincón ir al estadio era el único panorama del domingo o más bien del fin de semana-.
Pero nos gustaba ir y ahí nació mi pasión por el fútbol: viendo a un equipo más esforzado que talentoso-aunque cabe recordar que de ahí salió un Iván Zamorano o un Rubén Martínez (las casas donde vivieron son casi un atractivo turístico en la ciudad)-.
Pulgar Delantera y su lado Masculino
En el Estadio el Cobre – único en el mundo que tiene más capacidad que la cantidad de gente que existe en la ciudad (porque no se llenaba ni cuando venía Colo-Colo, ah y cuando venía la garra blanca o los chunchos, en la radio emitían comunicados para que guardáramos nuestras cosas debajo de la cama y aseguráramos bien las casas)- se gestó mi técnica y garra fuchibolera.
Aunque también mucho mérito lo tiene mi padre, ya que como dice la canción: “yo sé que a todos los hombres, les debe pasar lo mismo, que cuando van a ser padres quisieran tener un niño”, pues bien, mi padre- llamado José Mario y queriendo legar su nombre en su niño hombre- me tuvo a mi, que pude cumplir un poco sus expectativas al llevar su nombre pero al revés y en femenino: María José. El asunto es que no resignado, me enseñó a patear el balón, transformándose las tardes del sábado en el día en que él al arco (en la reja del auto más bien) recibía mis potentes disparos que se perfeccionaban domingo a domingo viendo jugar a los cobresalinos jugadores( ¡Sí oh!).
Así creció mi pasión, llegando a tanto, que ya más grande y siendo una as femenina del balompié y jugando con las demás chicas ahombradas de mi calle, me quebré el pie derecho. Sí, porque perdimos y yo nada de picada, descargué mi ira pegándole una patada a la vereda: el resultado fue estar un mes con yeso y dando el discurso de que en realidad le fui a pegar a la pelota y esta se había corrido.
Pero la lesión no me alejó de las canchas. Es que en la básica, se jugaron varios campeonatos femeninos y con las chicas de mi curso nos hicimos partícipes. Al principio portábamos el original nombre de 5to D, luego fuimos “Las Escorpiones Rojos”, para finalizar, ya en octavo, siendo “Las Choripanes” (feo pero original). En esos años mozos, fui la número nueve y goleadora de la escuela: éramos invencibles, es que mi padre incluso nos entrenaba los sábados en una cancha de tierra cuando se acercaba algún campeonato. Llegó a tanto la pasión que con varios compañeros y compañeras de curso, en las tardes íbamos a mi casa a ver la famosa serie “Los Supercampeones”- nosotras estábamos enamorados de Oliver-. Aunque claro, eso nos produjo que nuestro profesor jefe retara a nuestros padres, porque en ves de entrenar tenis de mesa, nos arrancábamos a ver esa serie.
Sí, me gustaba el fútbol y mi ídolo fue Daniel Morón. Claro que no soñaba con ser cuando grande futbolista, pero sí cuando me preguntaban “¿Qué le gustaría ser cuando grande?”, yo respondía: Esposa de futbolista (¡jaja! mentira, siempre quise ser periodista egresa de la PUCV).
Y no se engañen, no sólo era una pasión compartida con mi padre. Al contrario, mi madre era colocolina de corazón y ambas veíamos los partidos del albo. Tanto así, que cuando levantamos la Copa Libertadores, nos compramos un cuadro – de cobre- donde aparecían las estrellas ganadas de Colo-Colo. Incluso, no recuerdo que final fue, pero los albos perdieron por goleada y ambas con mi madre, además de llorar, nos fuimos muy temprano a acostar.
Luego crecí. Llegué a la media y aunque me seguía gustando mucho el fútbol, cambiaron mis intereses. Ya ustedes saben, la adolescencia, los primeros amores y ¡bla bla bla!...Hoy día, no me pierdo encuentro de la Selección en cada una de sus categorías, sigo siendo socia de Cobresal y cuando puedo los voy a ver jugar, una que otra vez cuando llega una pelota a mis pies hago unas cucharitas -¡oh!- y, lo más importante, soy hincha acérrima de Garrafa Fútbol Club.

4 comentarios:
Terminó la práctica y heme acá. Porque como se dieron cuenta, como que no puedo hacer práctica, mascar chicle y ser blogger al mismo tiempo...saludos...
La cosa es que Cobresal le quitó el invicto a Cobreloa y muy bien por uds.
En Brasil estuve en la puerta del estadio de Palmeiras, pero como l cagón de Valdivia estaba jugando con caca no quise entrar, además, había 31º por lo que ni-ca-gan-do me subía a una galera a torcer por Palmeiras... la cosa es que preferí tomarme una chela y mi polola que torce por Palmeiras me miró medio feo y me dijo gallina, porque para ella torcer por Palmeiras es una cuestión de familia...
Allá los puercos!
futbol mm deja mucho que sear aca en chile, aun cuando hay bueno equipos pero aun falta mucho y cada dirigente que dirije nuestro futbol son de escaso aporte saludos
o´higgins de rancagua tb tiene que ver con el cobre.. jaja pero no es naranjo.. y el estdio el teniente tb es de codelco (pero se lo estan comiendo las termitas).. nunca he ido al estadio con mi padre (no es muy hincha del jurgol).. a mi si me gusta ohiggins...igual es mejor ke cobresal jejeje.. saludos un gusto pasar por aki
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